Vino

Las botellas rodaban por el suelo. La escena se teñía de blanco y negro, y sus respectivos grises. Las sábanas revueltas, blancas e inmaculadas. Traicionaban a unos desnudos pies. La maraña de pliegues era la furia desatada de un mar bravo, impetuoso, apasionado. La imagen era el testimonio de una gran contienda sucedida, lo atestiguaba el sobresaliente carmín que tintaba las sábanas por encima de la escenificada monocromía. Rápidamente los pies se sumergieron en el piélago y este comenzó a sacudirse con degustada violencia. Pronto las sábanas se alejaron del fondo a modo de celestial antojo, descubriendo así los cuerpos desnudos de Burdeos y Jica. Enzarzados, luchando cuerpo a cuerpo por someterse. Burdeos era más corpulento y consiguió dominar a Jica, abriendo sus piernas permitiendo que el fino cuerpo de Jica pasara por entre ellas y permitiendo reposar la virilidad de su ser sobre el vientre de ella mientras ambos, respiraban pesadamente, desbordados. Maniatada, Burdeos se lanzó a sus labios para beberla hasta la saciedad. Después se desprendió por su cuello deslizándose con su lengua, saboreando su fértil tierra, hasta los montes que coronan su cuerpo. Soltó sus manos suavemente, y sin separar los dedos de su cuerpo empezó a pasearlos con tacto de porcelana por la delicada textura de su piel recorriendo sus brazos hacia el valle de sus axilas,… Terminó por conquistar sus almenas, y con sus manos como escolta bajó su cabeza hasta su vientre mientras sus manos mecían, celosas, los senos, a la vez que con sus labios la convertía a su credo. Jica, no se rebeló, dejó que Burdeos le recorriera sin alterar la posición de sumisión a la que la había forzado, pero llegando a coronar su cuerpo y su vientre, siendo sembrado, no lo pudo evitar y tomando con sus manos su pelo lo dirigió a su viña. Y mientras él, con sus manos, consolidaba su propiedad, empezó a beber de ella, y ella a sentir el gusto de dar, acalorándose, gimoteando. Burdeos, saciado, probó la carne de sus muslos y tras un par de mordiscos subió para compartir su cosecha; mordiéndose los labios. En un descuido, Burdeos, fue derrocado por Jica que consiguió dominarle empapando su vientre, él respiraba pesadamente. Sonriente, ella, bajó sin piedad y le mordió uno de sus pezones exhalando, él, un placentero quejido. Hacía calor. Ambos sudaban. Jica se enderezó un poco. Burdeos estaba humedeciendo la espalda a Jica de forma focalizada y constante… Pasándose la mano por la frente para reubicar su sudor se abalanzó, sin despegarse de Burdeos, hacia un lado y destapó una botella de vino ya previamente descorchada. Bebió. “¿Quieres?”. Sonrió. Se llevó la botella a los labios de una forma exquisita y descendió para aterrizar sobre los de él y darle de beber. El beso, de sangre de toro, desbordó y se derramó por la cara de Burdeos, a la que Jica no dudó en lamer dejando las sábanas teñidas de pecado. Burdeos se enderezó apoyándose sobre la pared. Los dos sentados bebieron vino tranquilamente. Jica se le arrimó con la botella de la mano, ciñendo sus senos a el torso de él, y Burdeos, aparcando su miembro entre las nalgas de ella, le quitó la botella mientras se besaban. Con la botella de la mano y Jica totalmente sumisa, la inclinó hacia atrás arqueando su cuerpo y despuntando sus ya erectos pezones, inclinó la botella sobre ella y empezó a derramar el vino, levemente, por sobre sus senos haciendo que éste siguiera su cauce natural descendiendo por los firmes montes hasta la llanura de sus suaves ondulaciones de su vientre copando con gracia su ombligo, oasis de deseo,  inundando finalmente su sexo abordando las trincheras de su clítoris y morir en cascada de tinto sobre los testículos de él. Toda empapada empezó a contonearse de forma que el vino hacía que ambos sexos se emborracharan. Iba a todo lo largo, hasta besarse y tras un leve juego volvía hasta encontrarse con los entintados vellos de él, y así una y otra vez, mientras él continuaba rociando, alimentando, el caudal que los arrastraba. La botella iba por la mitad cuando Burdeos decidió dejar de servir. Jica le acercó sus pechos para que los lamiera y cuando se hubo complacida se separó de él y se agachó para limpiarle a él. Primero su extasiado sexo, duro, goteante. Después recorrió con su lengua la base de su libídine hasta llegar a sus testículos que embadurnados los absorbió delicadamente con sus carnosos labios hasta tenerlos en su boca y con su lengua hacerle gemir de placer desorbitado. Jica con su mano le masturbaba a la vez que le limpiaba apasionada. Al rato, Jica, volvió para reclamar su boca. Él se la entregó. Burdeos, la separó y la tumbó haciendo zozobrar su cuerpo, sus senos… Desde arriba, Jica era un capricho celestial. Burdeos, con mirada cómplice, se introdujo retorciendo a Jica, sin hacer más que sus leves oscilaciones. Jica empezó a echarse las manos a la cara, abriendo la boca a veces muda a veces gimiendo, luego bajaba una mano y se masturbaba mientras Burdeos respiraba pesadamente… A Burdeos le empezaba a molestar la botella, quería hacer suya a Jica, y ella, la botella, se lo impedía. Totalmente empujado por el deseo, y por la molestia de la botella, la inclinó sobre su vientre, derramándose por su vello púbico, sus testículos (lanzó la botella a un lado que al poco acabó accidentándose contra el suelo) y su pene que hizo de acueducto con el cuerpo de ella hizo que el vino chorreara por su pubis e interaccionara con sus esenias. Burdeos tenía ya la libertad para agarrar las piernas de Jica y controlar el ritmo. El olor a vino,  el sudor y el de sus fluidos los transportó a tal estado que Jica le ordenó: “Córrete conmigo”. Y Burdeos, obediente, la penetró con más profundidad que Jica gimió desmedidamente, y con lágrimas en los ojos se fueron sin poderlos seguir.
Burdeos la movió con cuidado, se taparon con la sábana y se durmieron sin limpiarse el vino de los labios.

Anuncios

About this entry