Frutos del mar

Había olvidado el sabor de las cosas. De la tersa suavidad de las superficies ondulantes, de la textura de los poros ingenuos por la excitación,… Había olvidado el sabor de los frutos del mar. Recordaba vagamente cómo los frutos del caribe eran dorados, ardientes, voluptuosos en sus tallos que emanaban delicadezas por las hebras de sus ramas acogidas por cerros color café. Pensaba en los frutos del pacífico y a su memoria caían las imágenes como de un manzano sus frutos… pieles más pálidas y aterciopeladas, de texturas suavemente filosas, jugosas, sin corazón ni semillas, frutas nacidas para disfrutarlas sin desasosiego. Criadas en colinas nevadas de carácter andino, que en su corazón, pese a no tener, arden los extractos de una pasión aletargada.

Suspira con los ojos cerrados y sonríe, recuerda cómo era gozar de sus sabores.
Del sabor de los frutos del atlántico… Fríos, lágrimas como las ramas de un sauce llorón, agridulces y temperamentales que sin tregua le sumergían en un mundo que pareciera no tener fin, infinito. A veces escurridizos como los bonitos y en otras más cobijo, como los arrecifes. Accidentados sus valles en donde recolectaba los frutos de coral, como cuando de hipocampo admiraba y se regocijaba mordisqueando.

Pronto su cuerpo despertó y con él, los recuerdos más vivaces… los prohibidos, los que se quedan en la memoria de la experiencia física. Pudo saborear los frutos olvidados del cántabro, los bálticos, los índicos, los mediterráneos,… Los frutos del mediterráneo… frutos ocres, terrosos, cálidos y tersos, maduros, manantes de maná puro y deleite de dioses que al morderlos abres la vereda y eclosiona en un mar. Morder uno es morder la propia mar, salada y cálida, absorbida por ella; acogedora… entre delfines y tortugas.

Entrecortado, el éxtasis pasó y los recuerdos se materializan en su cuerpo, blancos y puros sobre él, para volver a redactarlos con la rúbrica que siempre se merecieron.

Anuncios

About this entry