Vaniglia

“Montañas y montañas vainilla se extienden más allá de donde la vista puede alcanzar. Mares de orquidáceas trepadoras se amarran a la ondeante geografía. Cerros y pontos envuelven un cuerpo celestial.
La vainilla se escurre por las dunas de sus senos helando la candente superficie. El valle de su vientre es acometido copando la laguna de su ombligo. De entre las corrientes de pálido amarillo navega sinuoso un barco de papel, que descendiendo por los melosos rápidos bordea los médanos y se arrastra por la lengua de su valle. Atraviesa la arremolinada laguna tras docenas de molinetes para topar, al fin, con la costa del bosque de nata. Del barco estancado en el fiordo vainilla surgen dos dedos que intrépidos se introducen en la inmaculada pureza de la selva de nata. Los dedos toman conocimientos del bosque hasta hacerlo propio y, al poco, se albergan en los desbordantes manantiales de la eterna juventud.
El constante avance de la vainilla ahoga a la superficie sometiéndola, sitiando a la isla de albada nata montada. De los manantiales tan sólo se puede esperar que su juventud no muera jamás, por lo que los dedos, bizarros, atraviesan de nuevo el boscaje y deciden enfrentar la situación”.

A María se le acababa de erizar la piel, justo cuando Otto decidió terminar su relato. La cama estaba embadurnada de batido de vainilla y ambos estaban desnudos. Aún recuerda cómo el primer día, María le aseguraba que estaba mucho más rico si mezclaba la nata con la vainilla.
Poco después se merendaron.

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